miércoles, 14 de mayo de 2014

Cuentos de Madrugada - Radiante

Y ésa tarde, nadie vino; Diego decidió seguir esperando unos momentos más, como si esos 15 minutos igualaran a los 3 meses de angustia acumuladas desde aquella mañana en que la vio partir desde lejos, sin reunir el valor suficiente para despedirse, con miedo a que la tristeza que lo acogía, se viera en sus ojos cristalinos. Aquella carta que había releído cientos de veces, ahora venía a su mente, y con las palabras ahogadas de su adiós, se materializaba su pelo, sus castaños rizos; con esa letra desesperada, llegaba su hermosa sonrisa; y el remitente… 5 letras, 5 hermosas letras, lo más bello del universo conocido descrito en un nombre igual de hermoso: Diana.

-Diana- dijo en un susurro. –Diana- pronuncia ahora más fuerte. -¡Diana!- Ésta vez lo había gritado, no había sido un grito fuerte y varonil, como los que dan esos jóvenes enamorados al llamar a su amada, no, fue sonoro, sí, pero sus pensamientos habían hecho de aquella última palabra de desesperación un sollozo ahogado.

-Joven…- sin que se percatara de ello, el guardia estaba a su lado tratando de comprender la razón de sus sollozos, pero más preocupado porque era hora de cerrar la estación. –Disculpe, pero ya no habrá más llegadas a partir de las 11.-

¡Las once de la noche! Esos no habían sido cinco minutos de espera extra, debía salir de ahí rápido si quería alcanzar alguna estación del metro abierta. Limpiándose las pocas lágrimas que ahora rodaban por sus mejillas, nuestro pobre amigo salió apresurado, asegurándose de no tirar esta vez el ramo de rosas que bien se verían en el altar a la virgen de su abuela.

A paso veloz, se abrió un espacio entre las personas, que como él, tomaban el último metro hacia el centro de la ciudad. 20 minutos después era la única alma que deambulaba por las solitarias calles de la ciudad, escribo solitarias, porque ningún alma pura andaba en esos momentos, para que el lector se dé una idea, describiré lo que rodea a nuestro protagonista ahora: el murmullo de los hoteles de paso, las prostitutas que más adelante ofrecían sus encantos a hombres solitarios que buscaban saciar sus instintos carnales y por demás banales; al doblar en la calle Madrid, las luces de algunos pequeños puestos ambulantes que aún estaban a esas horas le servían de guía, al llegar al cruce con Reforma, las prostitutas que atrás eran hermosas, jóvenes y coquetas, se convertían en sendas señoras rondando en los 40, cuyos encantos, habían desaparecido con el tiempo, así como las ganas de coquetearle a algún transeúnte, éstas, eran las señoras frecuentadas por hombres de edad, borrachos o por algún mendigo con suerte esa noche, con algunos centavos para pasar bien el rato. Ya sea por costumbre o por falta de interés, siguió de largo, hasta encontrarse con el edificio de departamentos en el que estaba su hogar.

En el apartamento 12 del 343 de la calle Sullivan, era donde vivía la familiar Ramírez, un lugar heredado por su padre, y mantenido como fuera por su madre y los pocos ingresos que aportaba a las arcas de la familia.

-¡Diego! – Se escucha un grito, que de seguro despertó hasta los huesos de los héroes que descansan en el monumento a la Revolución, era su madre. -¿Otra vez tarde Diego?- A pesar de la firmeza  y la severidad de las palabras, en la cara de aquella mujer se podía leer la preocupación de una madre.

-Si mamá, esperaba que éste domingo si se presentara, estoy seguro que vuelve…- las palabras de Diego disminuían de tono, con un aire de decepción ya conocido por su madre.

-Ay hijo, ay hijo…- los brazos de la madre rodean el cuerpo de su hijo, con aquella calidad propia. –Anda pues, a dormir.-

Sin nada más que decir, Diego se dirigió a su habitación, con la mirada de un condenado a la horca y con la desilusión de un niño que no ha obtenido el juguete que quería. Al desplomarse en la cama, sus lágrimas aumentaron, y ahogándolas con la almohada, apaga su llanto.

¿Será que algún día podrá pronunciar esas bellas  letras que tanto desea? Esa es su máxima en esta existencia terrenal. Volver a verse reflejado en esos bellos ojos color miel, que lo hipnotizaban, oír su bella voz, deslizar sus dedos por tan suaves cabellos, tocar una vez más su mano, besar sus labios…

Ella se fue hace 3 meses, queriendo brillar más allá de ésta ciudad que no se lo permitía, buscando su fortuna en tierras lejanas.

Sí, ella quería brillar, pero lo que no sabía, era que para él, estaba radiante en todo momento… era bella, y era ella la estrella que iluminaba ese cielo abrumado por el smog; era esa pequeña luz titilante en el oscuro vació de una soledad dispersada por sus rayos.

No sabremos si regresará, pero si algo sabemos y Diego sabe, es que la seguirá esperando, buscando volverse a llenar con aquella luz que sólo ella irradia, con la bella Diana y su innegable sonrisa… para ponerla al lado de la luna, opacando su encanto, en aquel lugar del cielo, reservado para su radiante esencia…

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